
Anoche me quedé en casa para ver la pelea de Kina Malpartida contra Halana Do Santos, la "Leoparda". La expectativa que se había generado era muy grande, tanto así que el coliseo Dibós de San Borja estaba repleto de gente que quizás no es seguidora de este deporte, pero que quería ver por primera vez en acción a nuestra campeona mundial del peso súper pluma. Su primera defensa del título era la oportunidad perfecta para la postergada celebración de aquella noche histórica para el boxeo peruano, en la que Kina venció a la norteamericana Maureen Shea en el mismísimo Madison Square Garden. Durante la semana, "Dinamita" Malpartida había estado calentando el ambiente intercambiando venenosos dardos verbales con su rival, una muchacha brasileña que, por cierto, me cayó muy bien (me pareció escuchar que ella había declarado que, de vencer a Kina, todas sus defensas del título las haría en el Perú, tan encantada como estaba con nuestro país).
Me hubiera gustado ir al mismo Dibós a verla pelear, pero las entradas estaban algo caritas. Como lo importante era verla en acción, en mi casa desde las 9 de la noche empezamos a congregarnos frente a la tele de la sala. Hasta mi mamá, que es hincha de Gisella, había decidido robarle minutos a su programa favorito para ver en acción a esta "Kinita" que tan bien le cae. Naturalmente, antes tuvimos que ver las interminables peleas preliminares. Yo no veo box desde hace años, pero anoche me reencontré con el gusto de ver estos encuentros pugilísticos. Recordé también aquellas tardes de los 90´en que con unos primos nos agarrábamos a golpes con unos guantes anaranjados que mi tío había traído desde Panamá, me parece. Yo siempre era Marvin Hagler, aquel boxeador norteamericano -campeón mundial de peso mediano- cuyo nombre también estuvo a punto de ser el mío. Podrá decirse que el box es un deporte absurdo, violento, o que ni siquiera es deporte; pero para mí es la mejor metáfora de la vida y veo graficadas en su dinámica las más honorables acciones que los seres humanos podemos llevar a cabo: la lucha y la resistencia. Luchar y aguantar con dignidad el sinúmero de golpes que vamos recibiendo durante nuestra existencia, unos más que otros. Sabiendo que tarde o temprano seremos vencidos, pero que no caeremos en la lona así nomás. Y en el caso de Kina, el significado es doble, pues es una mujer que enaltece con su éxito a todas las mujeres peruanas que día a día luchan por sus familias en un país con desigualdades socioeconómicas tan alarmantes. En el Perú, son muchas las mujeres valientes, las que no rehúyen las responsabilidades por el bienestar de sus hijos, y son ellas en el campo del deporte las que últimamente han obtenido los logros más valiosos. No se trata de revivir la infantil competencia de quiénes son mejores, los hombres o las mujeres, pero los hechos objetivos nos indican que en el deporte son ellas las que han colocado en la cumbre el prestigio de nuestro país. Los hombres, como en el caso de esa ¿selección? de fútbol, no han hecho sino llenarnos de frustración y humillaciones, una tras otra. Admitámoslo, nunca fuimos algo significativo en fútbol. Nunca, ni en nuestros mejores tiempos, no nos engañemos. Antes éramos menos malos, eso es todo. Pero bueno, el fútbol peruano es un rival que ya está tendido en la lona hace rato.
Volviendo a la pelea, lo primero que me impresionó de nuestra campeona fue su mirada. Una mirada concentrada en un único objetivo: noquear a la brasileña en el menor tiempo posible. Con todo el público a su favor, la única consigna era demoler. Su mente estaba vacía, sumergida en un mandato profundo. Además, tampoco pudo pasar desapercibida para mí la esmerada constitución de su cuerpo. Esta es la mejor prueba de que Kina posee un alto grado de competitividad y que su disciplina es la que la ha llevado tan lejos.
Desde que empezó el combate, Kina buscó el nocaut, y la vehemencia de sus ataques la llevó a propinar más de un golpe bajo a la "Leoparda" (esto me hizo pensar en las conocidas "bajadas de moral" que aplican los futbolistas argentinos durante los primeros minutos de un partido importante). Round a round, la superioridad de nuestra boxeadora se hacía más evidente. La gatita de sofá... digo... Halana, soportaba con plausible estoicismo cada uno de los bólidos que impactaban en su mandíbula; todos sabíamos que estaba acabada, pero nunca lo demostró. Uno, dos, uno, dos. El público rugía ante cada embate de nuestra campeona. Hasta que la contundencia de un misil de Kina llevó al árbitro puertorriqueño a declarar inmediatamente el nocaut técnico. Entonces el coliseo estalló en aplausos y vítores y la pica pica cayó del cielo. Había ya una clara vencedora. El cuadrilátero se llenó de periodistas y de cuanto admirador pudo acercarse a la campeona. Los flashes no cesaban y ella, tendida bocarriba en la lona, vencida por la felicidad, elevaba los puños en señal de triunfo. En la sala, también mi mamá y mis hermanos festejábamos la victoria. Y es que para todos los peruanos fue como si Kina recién hubiera ganado el campeonato mundial, ya que cuando logró tal hazaña lo hizo lejos de aquí. Ahora, en medio de la gente que tanto la quiere y admira, había demostrado por qué es la más grande en el mundo. Una noche memorable, sin duda. Una noche en donde Kina también lloró al mirar hacia el cielo y dedicar su triunfo a su padre. Momentos donde uno se siente orgulloso de ser peruano. Las mujeres están arriba, señores. Las mujeres están levantando al Perú. Kinas hay por todas partes y estoy seguro de que ustedes conocen a más de una. Imitémoslas, sigamos su ejemplo. Esto puede sonar a palabras del "Hermanón", pero es verdad, hay que arrinconar a la pobreza, a la ignorancia, a la mediocridad, a la hipocresía, a la indiferencia y, de un fulgurante derechazo, hacerlas polvo. Damas y caballeros, ha sonado la campana.