domingo 8 de noviembre de 2009

LA CHUNGA


He tenido la oportunidad de ver el montaje de La Chunga que ha hecho Giovanni Ciccia (Asociación Cultural Plan 9) en el teatro de la Biblioteca Nacional. Ha sido la primera vez que he ido a este teatro y he quedado gratamente sorprendido tanto por la infraestructura como por el amable trato del personal. Pero, lamentablemente, la obra no estuvo a la altura de mis expectativas.


He leído todas las obras teatrales de Mario Vargas Llosa y la mayoría de ellas me han parecido buenas, especialmente Kathie y el hipopótamo (1983) y La Chunga (1986). Sin embargo, luego de ver esta, me quedó más clara que nunca la inmensa diferencia entre leer una obra de teatro y verla materializada en el escenario. Definitivamente, para mí, La Chunga funciona como “historia para ser leída”, mas no como “historia para ser representada”, pues sobre las tablas revela muchas debilidades. Por ejemplo, la intermitencia en la dinámica de la representación. A fogonazos de dinamismo prosiguen escenas fijas y contemplativas que desaceleran por demasiado tiempo el progreso de la historia, desaceleraciones que en el tiempo psicológico de la lectura facilitan la reflexión, pero que en el tiempo de la observación invitan más bien al bostezo.


El director Ciccia (cuyos divertidos montajes en este mismo recinto han sido exitosos en cuanto a público) ha querido sacar provecho de dos aspectos del guión escrito por Vargas Llosa: sus elementos cómicos y sus elementos truculentos. Es así que, gracias a la magnífica interpretación de Emilram Cossío en el papel del pícaro y ocurrente “Mono”, se escuchan las más sonoras carcajadas entre el público, y no menos divertidas son las escenas en las que el cándido Lituma declara su amor a Mechita y aquellas en las que los cuatro “Inconquistables” cantan su peculiar himno. Sospecho que las partes cómicas fueron las que más disfrutó el público. Pero las que también recordará al igual que estas, son las escenas efectistas en las que se ven senos y traseros por doquier, un beso lésbico y hasta una más que sugerente (casi naturalista) escena de sexo oral. Por desgracia, las bromas y las calaterías no bastan para hacer memorable a una obra. Al final, queda la sensación de lo gratuito, de lo indefinido, de lo disonante. Más aún si el personaje principal, aquel que da título a la obra, nunca consigue transmitir el carácter dramático (acaso trágico) que insinúa. En parte por la insuficiente interpretación que de ella hace Mónica Sánchez, limitando la expresión de la amargura y el desengaño existenciales solamente al engrosamiento de la voz y al andar hombruno.


Pienso que la incertidumbre que se apodera de uno al final de la obra se debe, quizás, a que el director de la misma no ha sabido mostrar con exactitud uno de los temas principales de la historia y que es, además, la constante en la producción teatral de Vargas Llosa: la imaginación como escape transitorio de las frustraciones. Precisamente, lo interesante en el texto de La Chunga era la confrontación de las distintas maneras de imaginar un acontecimiento sobre el cual se ha tendido una nube de misterio, el fascinante espectáculo de la proyección de los deseos y temores más insondables en una recreación imaginaria. Es esta representación de particulares visiones la que no se consigue evidenciar con claridad, privando a la estructura dramática de su eje principal de construcción.


Siendo esta mi segunda decepción de un montaje de una obra de Vargas Llosa (sobre la primera, Al pie del Támesis, escribí un comentario aquí), veo que sólo me quedará volver de cuando en cuando a mi ejemplar de su teatro completo y, al igual que con el resto de sus historias, darles vida en el escenario de mi imaginación y confirmar de esa manera la supremacía que, para mí, tienen los libros sobre el teatro representado.

domingo 30 de agosto de 2009

RUBEM FONSECA EN LIMA


Este jueves al mediodía el extraordinario escritor y guionista brasileño Rubem Fonseca (Juiz de Fora, 1925) recibió un Honoris Causa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Además, por la noche, la editorial Norma le brindó un cálido homenaje en la embajada brasileña. Y hasta allí llegué para ver y escuchar a quien es considerado el escritor brasileño más importante de la actualidad, como lo acredita el Premio Camões (el más importante galardón literario para la lengua portuguesa) que le fuera otorgado en el 2003.

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Gracias a los entusiastas comentarios de Pancho Izquierdo fue que pude leer algunos cuentos de Rubem Fonseca. Me parece que aún estudiábamos en San Marcos cuando puso en mis manos Historias de amor (1997). Y la verdad es que cuando Pancho recomienda algo lo hace con un énfasis tal que consigue instalar la curiosidad hasta en tipos tan escépticos como yo. Y felizmente no se equivocó, pues tras leer los primeros relatos -recuerdo especialmente “Ciudad de Dios”- quedé inmediatamente encantado con un estilo que por ligero y fulminante merecería ser comparado con un balazo. En muchos casos, un certero disparo al centro del corazón y, en otros, a la anquilosada base de las falsas morales.

Por diversos motivos, no pude seguir leyendo más libros de Fonseca durante estos últimos años. Hasta hace poco, cuando en la reciente feria del libro, donde precisamente el país invitado fue Brasil, compré el conjunto de cuentos Pequeñas criaturas (2002). Aún no lo había terminado de leer cuando llegó la insólita noticia: Rubem Fonseca vendría a Lima para recibir un Honoris Causa en San Marcos. Y digo “insólita”, porque el brasileño tenía fama de huraño, de ser “una persona recluida que adora el anonimato y se rehúsa a dar entrevistas, como Dalton Trevisan y como Thomas Pynchon” (Wikipedia).

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La noche del jueves en la puerta de la embajada aquellos que tenían invitación pasaban directamente. Aquellos que, como yo, se habían inscrito por teléfono tenían que formar una cola de verificación. Una cola que ciertamente estaba demorando demasiado. Hasta que llegó el Embajador y le preguntó a los ineptos que verificaban los nombres por qué demoraba tanto la gente en pasar. Pregunta que los ineptos no supieron cómo responder. De modo que el Embajador procedió a pronunciar unas sabias palabras: “El que quiera entrar que entre”. Y así fue como logramos entrar.

Ya en el auditorio vi varias caras conocidas. Empezando por el gran Aldo Incio (un fonsecólogo a muerte) a quien saludé para luego sentarme a esperar la llegada del homenajeado. Hasta que lo vimos aparecer flanqueado por la gente de Norma. Inmediatamente después harían también su aparición Enrique Planas y Alonso Cueto, quienes precederían a Rubem en el uso de la palabra. Cabe anotar aquí la impresentable presentación a cargo del representante de la editorial Norma. Como decía un profesor mío en el Salesiano: para ser gracioso se nace. Tratar de ser gracioso cuando no se tiene ese don da más pena que risa. Además de eso, me parece que el mencionado señor debió de haber hecho una presentación más respetuosa de quienes iban a tomar la palabra, y no limitarse a decir "Y bueno, este... nada... él no necesita presentación".

Tras los correctos y risueños discursos de Planas y Cueto y una estremecedora intervención de Ricardo Angulo (un efusivo agradecimiento que, me parece, debió hacerse en privado), llegó el momento más esperado de la noche: con ustedes, Rubem Fonseca. Aplausos. Entonces, el maestro tomó el micrófono y sorprendiendo a medio mundo dijo que, como él era más bien peripatético, hablaría mucho mejor si se ponía a caminar. Todos los que se habían adormilado durante las intervenciones anteriores levantaron la mirada con sorpresa. Caraxo, se rayó el tío. Y es que el insospechado Rubem, cual si fuera un showman o estuviera en una performance de impro, se paró delante del público y, en medio de una lluvia de flashes, dijo a ver quién quiere preguntarme algo. Nuevamente todos quedamos sorprendidos. Sin duda este era un homenaje sui géneris. Y pasaba el tiempo y nadie decía esta boca es mía de lo estupefactos que estaban. ¿No que no hablaba? ¿No que era cascarrabias? ¿No que era como Pynchon?

- A ver, ¡tú!, pregúntame algo –le ordenó a una chica de lentes que lo miraba como a un extraterrestre.

- Este... este...

Y bueno, la chica le hizo una pregunta acerca de sus cuentos, interrogante que el brasileño respondió con tanta agudeza como ingenio. Tras lo cual siguió eligiendo gente para que le hicieran más preguntas. Su tono de voz y gestos eran, vale decir, similares a los de un predicador de "Pare de sufrir". Contagiado por el buen humor y la coquetería del creador del abogado Mandrake, el público empezó a participar voluntariamente. Y cada una de las preguntas fue respondida en un divertido portuñol mientras los fotógrafos no cesaban de disparar sus flashes para registrar el momento. ¿Consejos para un escritor?, preguntó un emocionado Aldo Incio a menos de un metro de su ídolo. “Leer mucho y tener mucho coraje para decir lo prohibido, para decir la verdad, TU verdad. ¡¡Así lo vas a hacer de hoy en adelante!!”, clamó el ex comisario mineiro. Luego, al responder una pregunta de Fernando Ampuero (que estaba sentado detrás de mí al lado de una guapa mujer a la que Rubem piropearía minutos después) confesó que no recordaba la totalidad de sus cuentos. Comprensible: son más de cien. Contó también que había empezado a publicar novelas por una cuestión netamente comercial, pues la gente compra más novelas que libros de cuentos.

Tras la respuesta final estallaron los aplausos. El público estaba en el bolsillo. Los periodistas se le acercaron inmediatamente para arrancarle algunas palabras. Yo me quedé sentado mirando todo el espectáculo. Tenía en la mano Pequeñas criaturas y esperaba el momento adecuado para acercarme y solicitar un autógrafo. Cuando Jack me pasó la voz me puse de pie y caminé hasta donde el maestro, temiendo que de un momento a otro se desanimara. Me puse junto a Aldo y cuando él consiguió su dedicatoria le pedí prestado su lapicero. Cuando llegó mi turno, vi con emoción cómo un gigante de la literatura mundial estampaba una firma para mí. Del mismo modo que lo hizo con todos aquellos que se lo solicitaron, sin sentarse en ningún momento.

Finalmente, sólo queda agradecer al maestro Fonseca por el gran honor de haber visitado el Perú. Un agradecimiento que se suma al que miles de lectores en el mundo tenemos por cada una de sus imborrables historias, en las cuales se revela lo mejor y lo peor de la condición humana.

domingo 5 de julio de 2009

BREVES CONVERSACIONES CON LA REINA: ALEXANDRA KOSTENIUK


LA REINA


El nombre de la hermosa mujer que vemos en la foto es Alexandra Kosteniuk, Gran Maestro Internacional Femenino, Maestro Internacional Masculino y actual campeona mundial femenina de ajedrez. Alexandra nació el 23 de abril de 1984 en Perm (Rusia) y gracias a su padre aprendió los secretos del tablero a la edad de cinco años. Su progreso en el deporte-ciencia fue más que veloz: en 1994, se coronó campeona de Europa entre niñas menores de diez años. Tiempo después, en 1996, obtuvo el título mundial para niñas menores de doce años. Con tan solo trece, recibió el título de WIM (Maestro Internacional Femenino) y luego el título de WGM (Gran Maestro Femenino) un año después.

Como es sabido y según comenta en su página oficial, la “Chess Queen” tiene otros intereses aparte del ajedrez, como escribir poemas y modelar para revistas. Además, publicó el libro Cómo volverse Gran Maestro a los 14 años, un manual para niños y también la historia de su infancia. Es obvio que nos encontramos ante un feliz caso en el que se conjugan la inteligencia con la belleza. “Belleza e inteligencia pueden ir de la mano” es el entusiasta lema que proclama ella a donde va.





EL AZAR

Por casualidad, hace unos meses encontré una fotografía de Alexandra y en un primer momento pensé que se trataba de una atractiva modelo que estaba representando el papel de una ajedrecista. Y es que, por estricta estadística personal, no había conocido una sola mujer que además de ser turbadoramente bonita fuera, también, asombrosamente inteligente. Sin embargo, tras escribir su nombre en el buscador y revisar un par de páginas con información suya, me di cuenta de que todo este tiempo había cometido el pecado de ignorar la existencia de la Campeona de ajedrez más impactante de la historia. Y es que, sin duda, la imagen y personalidad de Alexandra hacen trizas los estereotipos que muchas personas tienen sobre los ajedrecistas, como que son aburridos, extraños y físicamente poco atractivos.


EL ALFIL

Empecé a jugar ajedrez a los once años cuando mi mamá nos regaló a mi hermano Jorge y a mí nuestro primer tablero. Aprendimos solos, leyendo un viejo libro con las reglas y aperturas básicas y así estuvimos enfrascados en el novedoso juego durante varios meses. No sé si mi hermano aún recuerda cómo jugar, pero a mí el gusto por este deporte me ha acompañado durante toda mi vida, aun cuando por diversos motivos no haya podido dedicarle todo el tiempo que quisiera. De hecho, me hubiera gustado convertirme en un jugador profesional, pero el amor a la literatura me ha tenido secuestrado desde los diecisiete años y es la pasión a la que dedico la inmensa parte de mis horas libres. Tal vez si de niño hubiese recibido un poco más de estímulos, acaso hoy estaría recorriendo el mundo disputando un torneo tras otro. Pero, ni modo, la vida se las ha arreglado para llevarme por otros caminos.



EL ENCUENTRO

Ayer sábado, en lugar de estar celebrando el “Día del Amigo” (la más reciente y descarada invención comercial), preferí declarar en los modestos dominios de mi habitación el Día del Ajedrez y dediqué todo la mañana, la tarde y parte de la noche a jugar desde mi computadora decenas de partidas contra los invisibles oponentes del Ajedrezonline.com. Naturalmente, mi falta de práctica se hizo evidente y fue así que al inicio perdí una cantidad apabullante de encuentros. Pero como la práctica hace al maestro, seguí jugando tercamente.

Hasta que, de pronto, vi llegar un mensaje a mi correo electrónico. Alguien había aceptado mi solicitud de amistad en una conocida red social. Abrí el mensaje y para mi sorpresa la persona que acababa de agregarme a su red de amigos era, nada más y nada menos, que la reina Alexandra Kosteniuk. Tras revisar su perfil y sus fotografías mi corazón quedó instantáneamente en jaque. Tan contento estaba que me animé a escribirle un mensaje de agradecimiento en mi elemental inglés:

Hi, Alexandra. Thanks for to accept my invitation. I am a big fan of you!

I would like to make a query. And forgive me if I am wrong to write, but my English is not very good. I played chess a lot when I was a child. And dreamed of someday being a Grand Master Chess. But I did not have the necessary support. I went to university and studied literature (my other passion is to write). And now that I have almost thirty years I would again be a great chess player. But now no longer play so well. What do you recommend me? Or is it too late? Thank you very much for your attention. With all love,

Marlon

Minutos después, al ver los 3504 amigos con los que estaba conectada, pensé que mi mensaje nunca recibiría respuesta. Esto me pareció intrascendente, pues lo importante era que había escrito lo que quería escribir. Me acordé, eso sí, de cómo unas semanas antes, tras escribir un entusiasta mail al genial Junot Díaz (Premio Pulitzer de Novela 2008), con la finalidad de proponerle una entrevista para El Hablador, recibí una breve y amable respuesta en la que se disculpaba por no poder acceder a mi pedido, pues estaba muy escaso de tiempo. Ya se sabe que los famosos siempre están ocupados. Y ocupada debería estar Alexandra, más aún cuando por estos días participará en el U.S. Open Champion, en Indianápolis.

De modo que seguí ganando y perdiendo partidas online. Hasta que llegó la inesperada respuesta:

Hi Marlon,

It's good you write and never too late to become a better chess player. Just find someone to play with who is a little better than you, write down the moves, and study your mistakes so next time you'll play better. You will!

Best chess wishes to you!

Alexandra :-)

Vaya, eso sí que fue emocionante. Me parecía increíble así que leí el mensaje varias veces. Luego le escribí para darle nuevamente las gracias, esta vez por el consejo que es útil no sólo para desarrollar un mejor juego, sino para enfocar de una manera diferente los errores que uno va cometiendo en la vida. La única forma de superarse es aprendiendo de los errores. Consejo sencillo, pero que no todos los días se recibe de una campeona del mundo.

Thanks, Alexandra, you are wonderful! It is an honor for me that a champion like you give me this advice. Without doubt, I follow. Someday I'd like to meet you, hope you can come to Peru. Greetings!

Por supuesto. Si ha estado hace poco en Panamá, ¿por qué no podría venir a Perú? Aunque sería exponerme a un humillante y veloz jaque mate, no dudaría un segundo en sentarme a jugar contra ella. Minutos después mi amistosa invitación fue respondida así:

I'd love to come to Peru one day. Next year I'll be going to Colombia in the Spring, maybe if your Chess Federation wants to invite me I can come to Peru too!

Díganme si no es encantadora…


CODA

Sería estupendo verla aquí en Perú y sería también una excelente oportunidad de estimular la práctica de este deporte en el país. Trataré de ponerme en contacto con alguien de la Federación para que el sueño pueda hacerse realidad. Si esto no es posible, tomaré mi avión y aterrizaré en Colombia el próximo año. La Reina ha capturado al Alfil.



domingo 28 de junio de 2009

MICHAEL JACKSON: ¿BLACK OR WHITE?


Hay ciertas personas que nos parecen inmortales. Hombres y mujeres famosos que mientras vamos creciendo siempre están ahí, en la televisión, en los periódicos, en las radios. Uno está seguro de que estuvieron antes de que naciéramos y que seguirán ahí cuando nosotros estemos muertos. Este es el caso de Michael Jackson. Cuando me enteré de que el llamado Rey del Pop había fallecido este jueves, pensé que se trataba de una de esas bromas que a veces circulan por la Red. ¿Michael Jackson muerto? Imposible. Es eterno. Sin embargo, cuando supe que la noticia ya aparecía en la web de un periódico serio de los Estados Unidos, recién le presté atención. Un infarto había acabado con la vida del cantante más famoso del planeta. La reacción en Internet y en los medios fue vertiginosa. La web de “Jacko” colapsó y la noticia circuló a la velocidad de la luz en todas las lenguas. Millones de personas en el mundo lamentaban la partida del artista de cincuenta años.

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¿Es que Michael Jackson podía morir? Si bien para algunos ya estaba artísticamente muerto desde hace años, no era extraño saber de él a causa de sus juicios, debacles financieras y problemas de salud. Lo que había ocupado el interés estos últimos años era el lado más oscuro de su vida. Desde que recayó sobre él una ominosa acusación de pedofilia, muchos dejaron de pensar en el Michael que desde la década de los ochenta se había consolidado como una de las estrellas más importantes del mundo gracias a su arrolladoramente famoso álbum Thriller (1982), el disco más vendido en la historia de la música. Simplemente había pasado a ser un depravado al que además se le reprochaba el haber renegado de su raza sometiéndose a numerosas operaciones para “blanquearse”. Y quizás esta sea la imagen que los niños y jóvenes de ahora tengan de él. ¿Pero qué imagen tenían aquellos para quienes Jackson fue su “ídolo del momento”, su Jonas Brothers, su Daddy Yankee, su Justin Timberlake, su Eminem? Ciertamente, son ellos quienes en estos momentos sienten más su partida y son los menos categóricos en sus críticas. Porque, de alguna manera, tienen que ser agradecidos con quien les dio tantas alegrías y los acompañó con su música en la mejor etapa de sus vidas.

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Personalmente, recuerdo más de una fiesta infantil en la que, obligado por mi mamá, salía al centro con los demás niños y niñas para intentar moverme al ritmo del pegajoso “Thriller”, haciendo gala de mi veintiúnico paso. Recuerdo también que me daba cierto temor cuando al final de la canción se escuchaba esa risa macabra salida del quinto infierno. Más adelante siempre me llamarían la atención los cinematográficos videoclips de temas como “Black or white” (sobre todo por aquella escena de la simulada metamorfosis de rostros) o “Remember the time” (en donde aparecen Eddie Murphy y Magic Johnson). Además, tengo que decirlo, era divertido soltar una que otra carcajada viendo la parodia que de él hacía Carlos Álvarez en un conocido sketch. Y, como todo el mundo, también me preguntaba por qué diablos Michael había querido convertirse en blanco si así como estaba tenía a medio planeta rendido a sus pies.

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Ahora, como dicen, él ha muerto, pero su leyenda acaba de nacer. Los mitos sobre su vida y su muerte ya han empezado a inundar la Red. Se dice, por ejemplo, que sus tratamientos para blanquearse la piel eran en realidad esfuerzos para ocultar su vitiligo. Se dice también que ya estaba muerto desde 1990 y que a quien hemos visto todo este tiempo ha sido sólo a un impostor. Finalmente, otros afirman que para evadir deudas y juicios, Jacko nos ha hecho creer desde este jueves que ha muerto, cuando en realidad ahora vive en un recóndito lugar con un rostro y una identidad diferentes. ¿Díganme si todos no somos escritores de bestsellers en potencia?

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Confesión final: siempre quise hacer el moonwalker. Sí, desde que lo vi en la tele intenté copiar el paso de baile más famoso de la historia del pop: la caminata lunar. Lamentablemente esto me ha sido negado. Quizás porque no había quién me lo enseñara. Pero ahora que todo es Youtube, porque en Youtube está todo, creo que a manera de homenaje lo intentaré nuevamente. Es más, lo haré ahora mismo. Y por si alguien quiere acompañarme, le recomiendo darle play a este video. Descansa en paz, Rey del Pop.

domingo 21 de junio de 2009

KINA LA CAMPEONA


Anoche me quedé en casa para ver la pelea de Kina Malpartida contra Halana Do Santos, la "Leoparda". La expectativa que se había generado era muy grande, tanto así que el coliseo Dibós de San Borja estaba repleto de gente que quizás no es seguidora de este deporte, pero que quería ver por primera vez en acción a nuestra campeona mundial del peso súper pluma. Su primera defensa del título era la oportunidad perfecta para la postergada celebración de aquella noche histórica para el boxeo peruano, en la que Kina venció a la norteamericana Maureen Shea en el mismísimo Madison Square Garden. Durante la semana, "Dinamita" Malpartida había estado calentando el ambiente intercambiando venenosos dardos verbales con su rival, una muchacha brasileña que, por cierto, me cayó muy bien (me pareció escuchar que ella había declarado que, de vencer a Kina, todas sus defensas del título las haría en el Perú, tan encantada como estaba con nuestro país).

Me hubiera gustado ir al mismo Dibós a verla pelear, pero las entradas estaban algo caritas. Como lo importante era verla en acción, en mi casa desde las 9 de la noche empezamos a congregarnos frente a la tele de la sala. Hasta mi mamá, que es hincha de Gisella, había decidido robarle minutos a su programa favorito para ver en acción a esta "Kinita" que tan bien le cae. Naturalmente, antes tuvimos que ver las interminables peleas preliminares. Yo no veo box desde hace años, pero anoche me reencontré con el gusto de ver estos encuentros pugilísticos. Recordé también aquellas tardes de los 90´en que con unos primos nos agarrábamos a golpes con unos guantes anaranjados que mi tío había traído desde Panamá, me parece. Yo siempre era Marvin Hagler, aquel boxeador norteamericano -campeón mundial de peso mediano- cuyo nombre también estuvo a punto de ser el mío. Podrá decirse que el box es un deporte absurdo, violento, o que ni siquiera es deporte; pero para mí es la mejor metáfora de la vida y veo graficadas en su dinámica las más honorables acciones que los seres humanos podemos llevar a cabo: la lucha y la resistencia. Luchar y aguantar con dignidad el sinúmero de golpes que vamos recibiendo durante nuestra existencia, unos más que otros. Sabiendo que tarde o temprano seremos vencidos, pero que no caeremos en la lona así nomás. Y en el caso de Kina, el significado es doble, pues es una mujer que enaltece con su éxito a todas las mujeres peruanas que día a día luchan por sus familias en un país con desigualdades socioeconómicas tan alarmantes. En el Perú, son muchas las mujeres valientes, las que no rehúyen las responsabilidades por el bienestar de sus hijos, y son ellas en el campo del deporte las que últimamente han obtenido los logros más valiosos. No se trata de revivir la infantil competencia de quiénes son mejores, los hombres o las mujeres, pero los hechos objetivos nos indican que en el deporte son ellas las que han colocado en la cumbre el prestigio de nuestro país. Los hombres, como en el caso de esa ¿selección? de fútbol, no han hecho sino llenarnos de frustración y humillaciones, una tras otra. Admitámoslo, nunca fuimos algo significativo en fútbol. Nunca, ni en nuestros mejores tiempos, no nos engañemos. Antes éramos menos malos, eso es todo. Pero bueno, el fútbol peruano es un rival que ya está tendido en la lona hace rato.

Volviendo a la pelea, lo primero que me impresionó de nuestra campeona fue su mirada. Una mirada concentrada en un único objetivo: noquear a la brasileña en el menor tiempo posible. Con todo el público a su favor, la única consigna era demoler. Su mente estaba vacía, sumergida en un mandato profundo. Además, tampoco pudo pasar desapercibida para mí la esmerada constitución de su cuerpo. Esta es la mejor prueba de que Kina posee un alto grado de competitividad y que su disciplina es la que la ha llevado tan lejos.


Desde que empezó el combate, Kina buscó el nocaut, y la vehemencia de sus ataques la llevó a propinar más de un golpe bajo a la "Leoparda" (esto me hizo pensar en las conocidas "bajadas de moral" que aplican los futbolistas argentinos durante los primeros minutos de un partido importante). Round a round, la superioridad de nuestra boxeadora se hacía más evidente. La gatita de sofá... digo... Halana, soportaba con plausible estoicismo cada uno de los bólidos que impactaban en su mandíbula; todos sabíamos que estaba acabada, pero nunca lo demostró. Uno, dos, uno, dos. El público rugía ante cada embate de nuestra campeona. Hasta que la contundencia de un misil de Kina llevó al árbitro puertorriqueño a declarar inmediatamente el nocaut técnico. Entonces el coliseo estalló en aplausos y vítores y la pica pica cayó del cielo. Había ya una clara vencedora. El cuadrilátero se llenó de periodistas y de cuanto admirador pudo acercarse a la campeona. Los flashes no cesaban y ella, tendida bocarriba en la lona, vencida por la felicidad, elevaba los puños en señal de triunfo. En la sala, también mi mamá y mis hermanos festejábamos la victoria. Y es que para todos los peruanos fue como si Kina recién hubiera ganado el campeonato mundial, ya que cuando logró tal hazaña lo hizo lejos de aquí. Ahora, en medio de la gente que tanto la quiere y admira, había demostrado por qué es la más grande en el mundo. Una noche memorable, sin duda. Una noche en donde Kina también lloró al mirar hacia el cielo y dedicar su triunfo a su padre. Momentos donde uno se siente orgulloso de ser peruano. Las mujeres están arriba, señores. Las mujeres están levantando al Perú. Kinas hay por todas partes y estoy seguro de que ustedes conocen a más de una. Imitémoslas, sigamos su ejemplo. Esto puede sonar a palabras del "Hermanón", pero es verdad, hay que arrinconar a la pobreza, a la ignorancia, a la mediocridad, a la hipocresía, a la indiferencia y, de un fulgurante derechazo, hacerlas polvo. Damas y caballeros, ha sonado la campana.

domingo 14 de junio de 2009

LA PALABRA DEL MUDO

Sin duda, la mayoría de gente que me conoce dirá de mí que soy un sujeto callado. Porque hablar bastante no ha sido precisamente una de mis características, si bien hubo en mi vida una etapa en la que hablaba, por día, mucho más tiempo que el promedio de personas. Tiempos aquellos en que dictaba un aproximado de cuarenta horas a la semana unas no siempre memorables (pero siempre adrenalínicas) clases de lenguaje y literatura en una academia preuniversitaria. Era una obligación. Y me parece que esos años hablé todo lo que no había hablado antes. Fue como gastar parte de mi crédito verbal. Ahora trato de hablar sólo lo necesario. Trato.

Ahora bien, como imaginarán, esto de ser visto como el "mudito", cuando era niño y luego adolescente, me ponía bastante triste, pues esta manera de comportarse no hace popular a nadie, a menos que uno tenga vocación de mimo. Bien difícil que alguna chica se sienta atraída por ti, a menos que esa chica tenga vocación de psicóloga. Complicado imaginar a una chica diciendo: "Ay, qué calladito ese chico, ¡me muero por conocerlo!". Seguramente debe haber casos, pero, al menos yo, no tuve tal suerte. De modo que durante varios años fui, fiel a mi tendencia de poeta romántico, el muchacho que sufría en silencio.
Sin embargo, ahora, con el paso de los años, he aprendido a reconocer el valor del silencio. He podido identificar en esta disposición de mi personalidad, una virtud más que un defecto. Una elección que no tiene mucho que ver con la timidez. Porque, según dijo Shakespeare (si le creeemos a proverbia.net) : “Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”.

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Pienso que el silencio puede cultivarse en dos dimensiones: una exterior y una interior. Hasta el momento me he referido a la primera de ellas, aquella en donde guardar silencio significa dejar de emitir sonidos por la boca. Pero también realizamos emisiones sonoras en otro plano: el de la conciencia. Esos retazos de palabras, frases y oraciones que formulamos constantemente en nuestra mente. ¿Pero de qué estará hablando este tipo? Qué querrá... Debería ir ya... ¿hija y las cosas del colegio? Caramba, toda la vida... Estruendoso... Azul, verde, rosado... ¡la bebida del Perú!... Nada te importa nada... ¡ya, vamos!... Ahora sí o sí... Mírame, aquí estoy, estúpido, comprar el azúcar... Oh, sí, todo el tiempo esos retazos de pensamientos infructuosos cruzando por nuestra mente como automóviles enloquecidos. Y es que incluso cuando permanecemos sin emitir sonidos por la boca, estas huellas sonoras no dejan de resonar en nuestro interior. Silencio completo entonces significa: no emitir sonidos ni evocarlos en la conciencia. Dicen que este es uno de los caminos para alcanzar el nirvana.

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No hace falta decir lo incómodo que es cultivar el silencio en una sociedad como la limeña. Vivimos en la ciudad de la furia, sí, pero también en la ciudad de la bulla. Intuyo que en alguna secreta ciudad país del algún país europeo o asiático me sentiría como pez en el agua. Pero soy peruano y el Perú es mi país y aquí quiero aprender a vivir. Un verdadero héroe del silencio. Y como esto no es nada fácil, tiendo a refugiarme en una situación fantástica en la cual decido hacerme el mudo por algunos días, meses, tal vez por años. Llegar un día a casa, escribir en un papelito y luego enseñárselo a mamá o a quien esté por ahí: "Me ha ocurrido algo terrible: estaba saliendo de mis clases en el ICPNA, esperando la combi en el paradero de La Marina cuando, de repente, algo cayó en mi cabeza y... perdí la conciencia y... cuando abrí los ojos quise hablar y no pude". Mi pobre madre me llevaría inmediatamente al médico y en el consultorio yo me esforzaría por no abrir la boca para nada. Me harían innumerables análisis y ninguno podría determinar la causa de mi mutismo. Mostrando una feliz resignación, pediría entonces una libretita y a través de ella empezaría a comunicarme con el mundo. ¿No les parecería esto mucho más creativo que ejercer esa actividad tan común, tan mecánica, de hablar? Presiento que gracias a este mecanismo me sentiría más seguro de mis palabras. Las elegiría de una manera más cuidadosa. Sería algo semejante a una conversación por chat. Acaso aumentarían así mis posibilidades de enamorar a alguna bella mujer sólamente escribiendo para ella en esa libreta (al igual que mi amigo Édgar, creo que puedo ser mejor por escrito que en vivo y en directo).

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La pregunta es: ¿por qué hay gente que habla y habla y no para de hablar? ¿Acaso es otra de las manifestaciones del famoso “horror al vacío” nacional? En este caso, horror al vacío sonoro. Bulla por aquí, bulla por allá: cláxones, motores viejos, combis-discotecs, máquinas rompepistas (el país sigue cons(des)truyéndose aún), timbrados telefónicos, sirenas (no precisamente las que tentaban a Ulises), marchas contra el gobierno, broncos llamados para persuadir a potenciales pasajeros... Hay momento en los que provoca parafrasear al Rey de España, y lanzar el perentorio pedido de “¡¡¿¿Por qué no se callan?!!?”. Pero hacerlo, como comprenderán, sería caer en una evidente contradicción.

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Mudo, sí, así quisiera quedarme por algunos días. O, en todo caso, emitir el menor número de palabras. Por lo pronto, me queda el consuelo de seguir escribiendo en este blog que, de alguna manera, es como aquella libretita. El resto es silencio.

domingo 7 de junio de 2009

HE TENIDO UNA MUERTE SÚBITA

Ahora puedo escuchar algo. Pero aún no puedo abrir los ojos. Es más, creo que ya no tengo ojos. Un universo blanco me rodea. Los colores han quedado atrás, no han podido acompañarme. Me pregunto si estaré muerto. Hasta hace apenas unos minutos caminaba por la Escardó, las manos dentro de los bolsillos de mi casaca. Solo y regresando tranquilamente a casa. Hasta que repentinamente pierdo la consciencia y salgo del tiempo y del espacio. Luego, esta blancura y un pacífico silencio. No, el silencio ya no, pues, como decía, he escuchado un rumor. Palabras. Palabras de mujer. ¿Estoy muerto? Lo curioso es que no tengo miedo, pues desde siempre he ansiado un silencio así, una inmovilidad que me hace sentir tan fuerte. Recuerdo que ayer le dije a ella: quiero ser una idea. Y eso es lo que siento ser ahora: algo sin cuerpo; estoy completamente vacío y no siento ya ningún peso. Diferente, pero sigo siendo. Existo, no sé dónde, pero existo. ¿La materia sólo se transforma? ¿Sólo se transforma la materia? ¿La materia se transforma sola? Es como estar sumergido en el más profundo de los mares, en medio de una inmensidad desde donde se escucha ahora un sonido, una canción... mientras poco a poco me alejo de ese quien he ido siendo... el niño sobreprotegido, el adolescente tímido y enamoradizo, el joven tiernamente desencantado. Aunque también el niño independiente, el adolescente arriesgado y pragmático, el joven confiado en su futuro como hábil combinador de palabras. Un cretino, un imbécil, encantador muchacho amable, el sueño de las suegras, el mudito, el más inteligente de la clase, ese que no baila, el que quiere ser amado, el que se resiente, el que quiso ser maestro de ajedrez, el que hizo un gol de media cancha, el que pudo haber sido, el que fue. Todas esas pieles cayendo convirtiéndome en esta idea, en esta nube que flota camino al origen del rumor... tan tierno... Ayer tenía a una mujer de la mano y le dije que quería amarla, hace poco... ¿hace poco? Ayer también me miré al espejo y cuando reconocí mi sonrisa de niño, me pedí perdón. El rumor es una canción. Una mujer. Una canción de madre. Y para mí es esa canción. Yo tan puro como esa canción, yo vibrando. Yo oyendo los rumores que cada vez se acrecientan, más y más, y esta oscuridad blanca que se convierte en una oscuridad morada, escarlata y amarilla yo sintiendo que algo está por romperse y yo siendo lo que va a ser, la luz y mi llanto, mi llanto inconsolable porque nuevamente estoy afuera y también una alegría simple porque una mujer, que es otra y la misma, me está mirando como lo más valioso de su vida. Ayer mientras caminaba por la Escardó.