
Esta es una versión reducida de un reciente artículo mío que se puede leer completo en el blog de la revista virtual El Hablador.
Mi novela favorita es el nombre del programa que se trasmite los fines de semana en RPP. Como bien saben, se trata de la emisión de adaptaciones radiales de algunas obras clásicas de la literatura universal. El encargado de hacer la presentación de cada una de las novelas, y quien ha dado prestigio y publicidad al espacio es Mario Vargas Llosa. Tras sus palabras empieza la recreación a cargo de conocidos actores de la escena local.
Recuerdo que cuando escuché por primera vez la publicidad previa a la emisión del primer programa, me entusiasmé mucho. Desde que leí La tía Julia y el escribidor apareció en mí el deseo de vivir, algún día, esa misma emoción que allá por los años cincuenta experimentaron muchos radioescuchas con los truculentos y subyugantes radioteatros. Logré escuchar algunos en Radio Nacional hace un tiempo, pero por diversos motivos nunca completamente. De modo que las recreaciones de RPP vinieron a satisfacer ese deseo y, se podría decir, que a sofisticarlo, pues no escucharía ahora tremebundos melodramas, sino prestigiosas obras literarias.
Puedo decir que mis expectativas se cumplieron a cabalidad. Y de las novelas que he escuchado hasta ahora, la que más me ha gustado ha sido Tom Sawyer, pues escuchándola logré meterme de lleno en el mundo de los personajes. No he leído Tom Sawyer, pero luego de tan grata experiencia, ya coloqué a la famosa novela de Twain en la lista de mis libros pendientes. Quiere decir esto que el programa de RPP ha avivado mis ansias de lector: las “radionovelas” (novelas emitidas por radio) son un liviano trampolín hacia los libros. ¿Pero ocurre esto con todos los radioescuchas?
Pienso que no. Para muchos, el trampolín radial los hace caer en una piscina sin agua. Sí, pues cuando leen las novelas que escucharon en la radio experimentan una gran decepción. Lo escucho ahora entre amigos y conocidos, y lo he escuchado entre mis alumnos en la época en que trabajaba como profesor de Literatura. “Usted cuenta las historia más chévere pe, profe. El libro es monse, aburre”, me dijeron luego de haber corrido a leer Moby Dick en la biblioteca, motivados por un ameno resumen que les conté en clase. Les fascinaba escuchar historias, mas no leerlas. La lectura era para ellos una obligación, no un placer.
Con Mi novela favorita ocurre lo mismo. Una gran cantidad de fieles seguidores del programa se habrá decepcionado al percibir que, por ejemplo, la Madame Bovary de papel y tinta avanza con una lentitud que parece de tortuga si se compara con la agilidad con que lo hace su contraparte radial...
Recuerdo que cuando escuché por primera vez la publicidad previa a la emisión del primer programa, me entusiasmé mucho. Desde que leí La tía Julia y el escribidor apareció en mí el deseo de vivir, algún día, esa misma emoción que allá por los años cincuenta experimentaron muchos radioescuchas con los truculentos y subyugantes radioteatros. Logré escuchar algunos en Radio Nacional hace un tiempo, pero por diversos motivos nunca completamente. De modo que las recreaciones de RPP vinieron a satisfacer ese deseo y, se podría decir, que a sofisticarlo, pues no escucharía ahora tremebundos melodramas, sino prestigiosas obras literarias.
Puedo decir que mis expectativas se cumplieron a cabalidad. Y de las novelas que he escuchado hasta ahora, la que más me ha gustado ha sido Tom Sawyer, pues escuchándola logré meterme de lleno en el mundo de los personajes. No he leído Tom Sawyer, pero luego de tan grata experiencia, ya coloqué a la famosa novela de Twain en la lista de mis libros pendientes. Quiere decir esto que el programa de RPP ha avivado mis ansias de lector: las “radionovelas” (novelas emitidas por radio) son un liviano trampolín hacia los libros. ¿Pero ocurre esto con todos los radioescuchas?
Pienso que no. Para muchos, el trampolín radial los hace caer en una piscina sin agua. Sí, pues cuando leen las novelas que escucharon en la radio experimentan una gran decepción. Lo escucho ahora entre amigos y conocidos, y lo he escuchado entre mis alumnos en la época en que trabajaba como profesor de Literatura. “Usted cuenta las historia más chévere pe, profe. El libro es monse, aburre”, me dijeron luego de haber corrido a leer Moby Dick en la biblioteca, motivados por un ameno resumen que les conté en clase. Les fascinaba escuchar historias, mas no leerlas. La lectura era para ellos una obligación, no un placer.
Con Mi novela favorita ocurre lo mismo. Una gran cantidad de fieles seguidores del programa se habrá decepcionado al percibir que, por ejemplo, la Madame Bovary de papel y tinta avanza con una lentitud que parece de tortuga si se compara con la agilidad con que lo hace su contraparte radial...
(En la foto: Mario Vargas Llosa durante la grabación de Mi novela favorita)
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