
Escribió José Guïch en la columna de un diario limeño que los defectos de Las obras infames de Pancho Marambio “confirman un secreto a voces, en el mejor espíritu de aldea limense: todo terminó con La vida exagerada de Martín Romaña (1982)”. Y estoy totalmente de acuerdo con ello, pues ya desde la última incursión novelística de Alfredo Bryce (por la que hace cinco años extrañamente le entregaron un premio) fuimos testigos de una lamentable decadencia creativa. Y digo “lamentable” porque lo es para quienes hemos disfrutado con aquellas obras suyas donde el humor, la oralidad, las exageraciones, los personajes despistados y las mujeres hermosas lograron encantarnos para siempre. Pero a Alfredo Bryce le ocurrió con La vida exagerada de Martín Romaña lo mismo que a García Márquez luego de haber escrito Cien años de soledad: agotó las posibilidades expresivas de todo un riquísimo universo narrativo. Sin embargo, el Nobel colombiano sí supo encontrar un nuevo camino del que nacerían otras obras geniales, como Crónica de una muerte anunciada o El amor en los tiempos del cólera.
Las obras infames… cuenta en menos de 200 páginas (extensión poco frecuente en Bryce) la historia de la “caída” de Bienvenido Salvador Buenaventura, un ex abogado limeño de 54 años de edad que llega a vivir a Barcelona. Pero este hombre de modales refinados carga con una especie de maldición, pues el alcoholismo ha destruido a muchos de los integrantes de su familia, de ahí que Bienvenido sea llamado “El último de los Buenaventura”. Esta es la sombra que cubre todas sus acciones, el omnipresente temor en una vida llena de éxitos profesionales en la que él siempre ha sabido mantenerse alejado de la bebida.
Sin embargo, como en las antiguas tragedias griegas, Bienvenido no puede escapar de la fatalidad, la cual vendrá de la mano del pícaro Pancho Marambio, un viejo conocido a quien el ex abogado encarga las obras de remodelación de su departamento en Barcelona. Marambio, personaje obsesionado con el color negro hasta el delirio y seudo arquitecto, simplemente, destroza el lugar. Ocurre entonces lo que tanto temía Bienvenido: víctima de este terrible daño, se convierte en un alcohólico que llegará hasta el infierno terrenal de una clínica psiquiátrica. Esta es la sencilla anécdota de la novela.
Se aprecia, en primer lugar, que el título no se corresponde estrictamente con la historia, puesto que el protagonista de la misma no es Pancho Marambio, sino Bienvenido Salvador Buenaventura. Al leer el título uno pensaría que se referirán varias de las pillerías de Marambio, cuando en realidad este desaparece antes de la mitad de la obra.
Llama la atención también, como indica Javier Ágreda, “la manifiesta polaridad en los personajes secundarios: por un lado los buenos, bellos, ricos y sinceros; y por otro los malos, feos, pobres y falsos. Entre estos últimos está Pancho Marambio, a quien Buenaventura culpa de todas sus desgracias”.
No se trata de hacer un listado de las deficiencias de esta novela (que no son pocas), pero tampoco de ocultar a los lectores (como lo hizo Alonso Cueto en su comentario al libro) las evidencias de la decadencia narrativa de un autor importante en nuestra historia literaria.
1 Comentarios:
Hola, Marlon. Primero el abrazo, luego decirte que sí, coincido plenamente con la visión sobre la decadencia de Bryce. Aunque yo tengo una muy personal y probablemente deficiente versión de ese Bryce, y creo que muy en su inconsciente ha querido emular no a Vargas sino a su obra, como si un dilettantismo profesional, dijéramos, haya guiado cada uno de sus títulos, el carácter de sus libros, un "deja vu" que le he percibido. Es un disparate, lo admito, y puedes corregirme con toda tu solvencia. Pero quería dejártelo en palabras por el buen tino de tu post. El abrazo y la amistad (aunque debería tomarme todo un texto y referir comparativamente libro por libro para ser más explícito).
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