
Debo escribir una reseña del libro de un joven escritor limeño. Decido ir a la presentación del mismo, en un bar de Miraflores. Falta media hora para que todo comience cuando llego. Me llama la atención la considerable cantidad de asistentes al evento: el local está casi lleno, algo poco frecuente tratándose de un novel escritor. Sin embargo, tras una atenta mirada me doy cuenta de que básicamente se trata de familiares. Por ejemplo, hay un montón de señoras que de lejos se ve que están sólo porque es su engreído sobrino o nieto el que está presentando un libro (aunque no entiendan ni una palabra de lo que el mimado escriba). Veo a dos chicas que parecen recién llegadas de la playa y también con pinta de haber ido sólo para ver a su primito del alma, el chanconcito de la familia. Descubro también entre los asistentes, y esto sí que me sorprende, a un ex futbolista de mi equipo favorito y ex seleccionado nacional. ¿Cómo llegó ahí? No tenía noticia de sus inclinaciones literarias. Tal vez un amigo de la familia, me digo.
Cuando todo comienza, yo estoy ya cómodamente instalado en la barra tomando una cerveza. Primero habla un escritor y reseñista de un periódico local. Cubre de elogios al joven autor, el cual solamente mira sus propias manos cruzadas sobre la mesa, meditando tal vez en algún problema capital de la condición humana, mientras su mamá no cesa de tomarle fotos desde la mesa más cercana al escenario. No escucho las palabras del reseñista del periódico, porque me parece que dice lo mismo que ha dicho de otros autores. Luego habla un señor que dicen que trabaja en el canal del Estado, en un programa político. No lo conozco ni a él ni a su programa y lo que habla acelera mi proceso de adormecimiento. Para colmo, se me acaba la cerveza. Decido cruzar el local e ir hasta las mesas vacías del fondo, hasta allá llegan el vino de cortesía y los bocaditos.
Por fin, el momento central: habla el autor. Cabello largo, saco y corbata. Toma el micrófono y lanza una mirada metafísica hacia su familia, es decir, hacia casi todos los asistentes. Temo. Rezo para que diga algo interesante. Rezo. Rezo. Pero nada. Mis plegarias no son atendidas. Habla como en su libro: utilizando la prosa poética. ¿¿Utilizando la prosa poética?? No pues, qué maleado. Poco a poco sus palabras obtienen los efectos del opio. Parecen un mantra interminable. Experiencia hipnótica. Me remonto a mis temores de infancia. Esto parece sesión de ayahuasca. Le echo una ojeada al ex futbolista y descubro que él le está echando una ojeada a una de las jovencitas que parecen recién llegadas de la playa.
Entonces, cuando el joven autor ya parece estar terminando, se escuchan gritos en un rincón del local. El autor calla. Me levanto y miro hacia donde todos miran: alguien se ha desmayado. Una señora llama a un tal Miguel al que todos parecen conocer ahí. “Ya se fue, tía”, grita un niño. Susurros de asombro. El autor irrumpe: Bueno, pueden comprar mi libro allá en la entrada. Buenas noches y gracias por venir. Pienso en oscuras estrategias de marketing. La gente lo aplaude, hasta el tipo que está atendiendo en el suelo al desmayado.
Camino hasta la escena del crimen. Me imaginaba que se trataba de un anciano al que el corazón le había jugado una mala pasada. Pero no, es más bien un hombre de unos 35 años como máximo. Ya ha vuelto en sí. Me digo que ya es hora de retirarme. Compro el libro en la entrada. Me provoca decirle al ex futbolista que me lo autografíe. Pero no, decido salir de una vez a las calles miraflorinas. Antes de bajar las escaleras miro nuevamente hacia el escenario. El joven autor está firmando autógrafos sin abandonar su expresión vallejosartrena. Recuerdo su discurso y miro al desmayado: el poder de las palabras.
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