domingo, 25 de mayo de 2008

UN REGALO VIENE VOLANDO


El día de mi cumpleaños, mis compañeros de la editorial donde trabajo me obsequiaron algo muy especial, un libro que quise desde que se publicara en el año 2005. Un libro que, por diversos motivos, no había podido comprar (no sé si les habrá pasado, pero a veces tengo la plata, pero no encuentro el libro; y, en otras, está el libro, pero no tengo la plata). De modo que cuando extraje La piedra alada, de José Watanabe de la bolsita de regalo -en donde también reposaba un bonito polo azul- me sentí verdaderamente feliz, y no sé si alguien advirtió la alegría infantil de mis ojos mientras estos miraban el libro con un cariño semejante a aquel con el que se mira a un hijo recién nacido. Y es que ahora, cuando ya me acerco a la treintena, mayormente sólo me ilusiono como chiquillo en Navidad cuando recibo un libro como regalo. A excepción de Jenni, no creo que el resto de personas que estuvieron esa tarde reunidas por mi cumpleaños, alrededor de la mesa con torta y bocaditos, haya sospechado la magnitud de mi dicha. Quien más cerca estuvo de comprenderme fue ella, sin lugar a dudas. Además ella, que es prácticamente paisana del poeta, fue quien compró el poemario guiada por sus peculiares pesquisas. De haber ido otra persona a comprar mi regalo, creo que me hubiera tenido que conformar con otro obsequio, de esos que también me gustan, claro que sí (cómo no habría de gustarme el perfume, la camisa o la cajita de alfajores que, con tanto cariño, me regalaron mi madre, mi hermano y mi gran amigo Édgar, respectivamente). Pero un libro para un letraherido como yo será siempre algo diferente.

La piedra alada no es la mejor obra de ese genial ser humano y poeta que fue José Watanabe, el guardián del hielo. Su nombre se deslizará por el tiempo gracias a poemarios como Álbum de familia (1971), El huso de la palabra (1989) o Cosas del cuerpo (1999). Y esto no quiere decir que La piedra alada sea un mal poemario, no (valga como muestra esta sugestiva imagen al inicio de “La boca”: En la encañada/ había piedras como huesos de un animal prehistórico/ que se desbarató/ antes de alcanzar nuestro valle.). Ocurre que con Watanabe uno siempre espera la excelencia y en ese sentido el libro, siendo bueno, no alcanza la de los ya mencionados.

El poemario viene con un CD en el cual se puede escuchar al autor (desaparecido -sólo- físicamente el año pasado) leer sus delicadas creaciones. Qué dicha ha sido hoy escuchar su voz después de tanto tiempo. Qué vivo has estado hoy en este milagro secreto, amigo Watanabe. Nuevamente he podido disfrutar de esa elegante dicción que tanto me encandilara en aquella lejana feria del libro en la que lo vi y escuché por primera vez, yo aún un entusiasta estudiante sanmarquino de Literatura. La voz del poeta, atesorada en este CD que ahora contemplo sobre mi escritorio, no es más que una de esas maravillas que por cotidianas pasan desapercibidas para nuestros acelerados ojos. Esas maravillas que él sí podía develar y revelar para sus lectores, quienes con él hemos entendido que la vida, la naturaleza, no dejan de darnos lecciones mediante signos que con un poco de atención todos podemos descifrar.

1 Comentarios:

Jack Martínez. dijo...

Interesante. Watanabe es un poeta de estilo inimitable. Un gran representante de la poesía contemporánea latinoamericana. Saludos,

Pd: ¿Quién es Jenny?