
Cuando el bus hace un leve giro para entrar a la av. Gálvez (La Perla), yo siento que recién estoy entrando al Callao. Se lo digo a Christian, que en ese momento me está contando sus aventuras y pesares como flamante corrector en un prestigioso colegio. Hay algo de cinematográfico en esa entrada a la av. Gálvez. Si tuviera que filmar alguna historia sobre el puerto, comenzaría con la escena de un auto entrando como un bólido por esa avenida.
Bordeamos el parque de Bellavista. Gente en la puerta de la iglesia. El bus casi vacío se interna por calles estrechas y oscuras que desembocan en la av. Apurímac (veo por la ventanilla, a la izquierda, las tres cuadras que nos separan de la entrada a los Barracones. Grupos de bravos reunidos en las esquinas). Cruzamos Buenos Aires, entramos a Colón. Al doblar para Dos de Mayo veo la iglesia Santa Rosa, en donde recibí mi Primera Comunión y fui acólito. En el cruce con Sáenz Peña veo estacionadas las combis que van a la av. Argentina y un micro verde que va a Sarita Colonia. Ya cerca del Palacio de Justicia, me pongo de pie y tambaleando llego hasta la puerta delantera del bus. Le digo al chofer que bajamos en la esquina. Me escucha mal y nos deja en mitad de cuadra, frente al “Sicodélico”, uno de los más temidos callejones chalacos. Es una profunda caverna de quincha en donde puedes entrar el día que quieras suicidarte. Algún día entraré para ver si es cierto que ahí dentro habitan los demonios.
Doblamos hacia Monteagudo y avanzamos hasta que alcanzo a ver la Plaza San Román, aquella que todo el mundo conoce como “La plaza de los burros”. Por supuesto que nadie le da valoración negativa a la expresión, por el contrario, se enfocan en su otro significado, el más palomilla, sobre el cual no es necesario “extenderme”. Lo veo y me quedó totalmente sorprendido. No es ya ese triste parque que viera desde el balcón de mi casa, la noche anterior a mi mudanza a San Miguel: bancas destrozadas, pileta sin agua y llena de basura, mendigos y borrachines durmiendo sobre el césped sin cortar, gavillas de ladronzuelos fumando marihuana o pasta al pie de los álamos que circundan la plaza. Ahora está bien iluminado y cercado por una reja. Son las ocho de la noche y adentro no hay nadie que lo transite, ni nadie sentado en sus bancas de estreno. Al centro, la pileta irradia tranquilamente la luz fosforescente de sus aguas. El césped está cortado y en su sitio. En los alrededores, agentes del serenazgo vigilan desde las esquinas. Los palomillas de siempre siguen por ahí. Camino tranquilo, porque aunque no los salude, todos me conocen. Christian y yo pasamos por su lado en nuestro camino hasta la puerta de mi casa. Se bromean de esquina a esquina, ríen estrepitosamente, dan palmadas. ¿Por qué extraño esos ruidos y los de la salsa a todo volumen los sábados en la noche? ¿Por qué la tranquilidad de mi nuevo barrio en Escardó por momentos me entristece? ¿Se puede extrañar lo que tanto se ha rechazado?
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