domingo, 8 de noviembre de 2009

LA CHUNGA


He tenido la oportunidad de ver el montaje de La Chunga que ha hecho Giovanni Ciccia (Asociación Cultural Plan 9) en el teatro de la Biblioteca Nacional. Ha sido la primera vez que he ido a este teatro y he quedado gratamente sorprendido tanto por la infraestructura como por el amable trato del personal. Pero, lamentablemente, la obra no estuvo a la altura de mis expectativas.

He leído todas las obras teatrales de Mario Vargas Llosa y la mayoría de ellas me han parecido buenas, especialmente Kathie y el hipopótamo (1983) y La Chunga (1986). Sin embargo, luego de ver esta, me quedó más clara que nunca la inmensa diferencia entre leer una obra de teatro y verla materializada en el escenario. Definitivamente, para mí, La Chunga funciona como “historia para ser leída”, mas no como “historia para ser representada”, pues sobre las tablas revela muchas debilidades. Por ejemplo, la intermitencia en la dinámica de la representación. A fogonazos de dinamismo prosiguen escenas fijas y contemplativas que desaceleran por demasiado tiempo el progreso de la historia, desaceleraciones que en el tiempo psicológico de la lectura facilitan la reflexión, pero que en el tiempo de la observación invitan más bien al bostezo.

El director Ciccia (cuyos divertidos montajes en este mismo recinto han sido exitosos en cuanto a público) ha querido sacar provecho de dos aspectos del guión escrito por Vargas Llosa: sus elementos cómicos y sus elementos truculentos. Es así que, gracias a la magnífica interpretación de Emilram Cossío en el papel del pícaro y ocurrente “Mono”, se escuchan las más sonoras carcajadas entre el público, y no menos divertidas son las escenas en las que el cándido Lituma declara su amor a Mechita y aquellas en las que los cuatro “Inconquistables” cantan su peculiar himno. Sospecho que las partes cómicas fueron las que más disfrutó el público. Pero las que también recordará al igual que estas, son las escenas efectistas en las que se ven senos y traseros por doquier, un beso lésbico y hasta una más que sugerente (casi naturalista) escena de sexo oral. Por desgracia, las bromas y las calaterías no bastan para hacer memorable a una obra. Al final, queda la sensación de lo gratuito, de lo indefinido, de lo disonante. Más aún si el personaje principal, aquel que da título a la obra, nunca consigue transmitir el carácter dramático (acaso trágico) que insinúa. En parte por la insuficiente interpretación que de ella hace Mónica Sánchez, limitando la expresión de la amargura y el desengaño existenciales solamente al engrosamiento de la voz y al andar hombruno.

Pienso que la incertidumbre que se apodera de uno al final de la obra se debe, quizás, a que el director de la misma no ha sabido mostrar con exactitud uno de los temas principales de la historia y que es, además, la constante en la producción teatral de Vargas Llosa: la imaginación como escape transitorio de las frustraciones.

Precisamente, lo interesante en el texto de La Chunga era la confrontación de las distintas maneras de imaginar un acontecimiento sobre el cual se ha tendido una nube de misterio, el fascinante espectáculo de la proyección de los deseos y temores más insondables en una recreación imaginaria. Es esta representación de particulares visiones la que no se consigue evidenciar con claridad, privando a la estructura dramática de su eje principal de construcción.

Siendo esta mi segunda decepción de un montaje de una obra de Vargas Llosa (sobre la primera, Al pie del Támesis, escribí un comentario aquí), veo que sólo me quedará volver de cuando en cuando a mi ejemplar de su teatro completo y, al igual que con el resto de sus historias, darles vida en el escenario de mi imaginación y confirmar de esa manera la supremacía que, para mí, tienen los libros sobre el teatro representado.