domingo 23 de mayo de 2010

ESTÁ BIEN CULANTRO, PERO NO TANTO

En estos últimos años, los medios de comunicación locales nos han estado bombardeando con un motivador mensaje que busca -además de promover el desarrollo de cierto sector de nuestro mercado-, levantar nuestra alicaída autoestima nacional. El mensaje es que nuestra cocina es una de las mejores del mundo. No tenemos premios Nobel, no somos los líderes económicos del continente, no peleamos los primeros lugares de los mundiales de fútbol, no somos un pueblo que haya derrotado al analfabetismo, casi ganamos el American Idol latino, casi nuestro equipo de vóley gana una medalla de oro, casi casi casi… en tantas cosas. Pero atención, que no panda el cúnico: se supone ahora que, junto con las ruinas de Machu Picchu, nuestras comidas típicas son los mayores atractivos turísticos del momento. Los extranjeros vienen y quedan maravillados con nuestro cebiche, con nuestro arroz con pollo, con nuestro arroz chaufa, con nuestra chichita morada. Quedan fascinados también con nuestro pisco sour y el suspiro limeño que, mucho cuidado, son peruanos y no chilenos. Sin duda, el enorme empuje que ha dado el cheff Gastón Acurio a nuestra gastronomía ha sido fundamental para que, hoy en día, muchos peruanos se sientan orgullosos de vivir en un país donde se cocina tan bien.


Pero si nos detenemos a pensar detenidamente en la importancia que se le da a este fenómeno, ¿no les parece que se abusa del tema? Comida, comida, comida… Decenas de reportajes televisivos, de artículos periodísticos, proliferación de institutos de gastronomía, ultraoptimistas encuestas en las que nuestra cocina se disputa el primer lugar en calidad con la francesa, todo esto mientras a Gastón Acurio lo vemos (nunca mejor dicho) hasta en la sopa. Me levanto de la mesa y empuño mi tenedor para exclamar: ¡Señores, está bien culantro, pero no tanto! Además, como bien señaló alguien con bastante sentido común (que, ya se sabe, no es el más común de los sentidos), ¿no es terriblemente irónico hablar de manera tan entusiasta de comida en un país con un 34.8% de pobreza, 32,8 % de desnutrición crónica en niños de las zonas rurales, y un 50,4 % de menores de tres años afectados por la anemia?


II

Mis padres y abuelos -tanto paternos como maternos- nacieron y se criaron en Piura antes de venir a la capital. Y ya se sabe que en el norte se encuentra una de las mejores sazones del país. De modo que es fácil suponer lo bien que se come en mi casa. Además, cada vez que viajo a Piura accedo al privilegio de probar la deliciosa sazón de mis tías. Ellas siempre se esmeran en ofrecerme lo mejor de su cocina, empezando por unos cebiches cuya sabia combinación de sabores, y el cariño con que son preparados, tienen el doble mérito de alegrar no sólo mi paladar, sino mi corazón. No saben, eso sí, cómo lamento no ser aficionado a la comida abundante. Si bien en Piura consigo la hazaña de terminar un plato (cosa que ocurre rara vez en Lima), tampoco me animo por la segunda ronda o la yapita. Felizmente, la familia me comprende y no se resiente mucho, lo cual dice mucho del aprecio que me tienen, pues en provincias despreciar un plato de comida es una terrible injuria, casi una herejía. Aquí en la capital también, claro que sí; por ejemplo en la casa de mi amigo Édgar he sido colocado en una especie de lista negra gastronómica: su mamá ha hecho click derecho en mi nombre y me ha puesto en BLOQUEAR UN CONTACTO. Esto porque en más de una oportunidad, cuando me ha invitado a almorzar, no he comido completo, he dejado las cebollas a un lado o he hecho alguna muequita de disgusto. Pues bien, hace poco, cuando le dije a Édgar que quería acompañarlos a él y a mi querida amiga Inma, que acababa de llegar de España, en el almuerzo que su mamá le había preparado para agasajar a la viajera, fui velozmente choteado: mi amigo me comunicó que su mamá “me había puesto la cruz”. Caballero nomás.


III

Desde que recuerdo, comer no ha sido algo que me agradase demasiado. Suena raro, pero es así. Como porque sino me muero. Está bien, esto último sonó algo exagerado. Ciertamente, en muchas oportunidades disfruto con el sabor de algún potaje, casi siempre preparado por mi mamá. Pero la mayoría de veces, veo la hora del almuerzo o la cena como un simple trámite, casi como un proceso gastroadministrativo. Cuando ya he ingerido más comida de la usual, siento cómo una sensación de náuseas va creciendo en mi interior. A veces incluso cuando veo a mis amigos o a extraños comer con voracidad campesina. ¿Cómo hacen para introducir tanto alimento en el estómago? Y mejor no sigo, porque, de solo imaginar a alguien engullendo un plato tras otro “ya me dio cosa”.


IV

Esos meses que estuve en Argentina, a pesar de la sabrosura de su carne y la calidad de sus vinos, extrañé mucho “el sabor nacional”. Extrañaba el arroz. Me moría por un ají de gallina. Daba mi reino por un anticucho. Para agarrar sueño contaba pollitos a la brasa. Incluso, llegué a pedirle a un amigo que me preparara un arroz con leche (que gracias al ingrediente imaginación fue inolvidable). Y eso que, como ya dije, no soy un devoto de la comida. Pero ya se sabe que “nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”.


Tras ese interminable viaje de tres días desde Córdoba a Lima, lo primero que hice al llegar a casa fue atragantarme con un apetitoso plato de arroz chaufa preparado por mi amorosa madre. Y durante los días siguientes seguí comiendo como un recién salido de prisión. Mi mamá estaba más que contenta. Me dijo que tenía que viajar más seguido al extranjero.