No, no hablaré de la comunidad gay, sino de la primera parte de la trilogía Millenium de Stieg Larsson, que lleva ese título: Los hombres que no amaban a las mujeres. Desde que leí un efusivo comentario de Mario Vargas Llosa sobre este fenómeno de superventas, tenía curiosidad por leerla, pero la verdad es que siempre me desanimaba el precio. Hasta que un día me dije: ¿por qué no adquirir una versión “económica”? (ustedes me entienden, admiradores de Jack Sparrow). Es que, en verdad, si la novela era mala, no quería experimentar la desagradable sensación de haber pagado tanto por algo que no valía la pena. Bueno pues, caminé una vez más por las estrechas calles del centro de Lima para buscar la famosa novela. Entonces, tras media hora de exploración, me enteré de algo insólito en mi vida de sibilino comprador de libros de dudosa procedencia: la novela estaba agotada. ¿What? ¿De modo que no sólo se agotaba en las librerías? Aunque usted no lo crea. Sin embargo, cuando ya estaba por regresar con las manos vacías, en un puesto frente a la Plaza Francia , una señora que en ese momento estaba almorzando un bienoliente cau-cau, me dijo que podía conseguirme un ejemplar de “ese libro que se ha vendido como cancha, joven”. Tras tensos minutos de espera en los que estuve tentado de probar su sazón, llegó con lo prometido. Pagué sin regatear y pedí la clásica bolsita negra.
Para mi desdicha, cuando iba por la página 40, tuve que admitir que Vargas Llosa me había fallado again. Me había pasado lo mismo con sus superelogiadas La condición humana (Malraux), la cual nunca he podido terminar; y con Santuario (Faulkner), que acabé de puro masoquista nomás. Encontraba todo menos emoción en Los hombres… Esa infinidad de nombres suecos, la maraña interminable de historias de la familia Vanger, las interminables explicaciones técnicas de lo que es un fraude bursátil, ahogaban la línea principal de interés: el esclarecimiento de la misteriosa desaparición de la joven Harriet Vanger, hacía cuarenta años. Qué pena que los personajes de Mikael Blomkvist (el honesto periodista convertido en detective) y de Lisbeth Salander (la antisocial y atractiva hacker) no fueran explotados en todas sus posibilidades… De modo que la lectura se hizo de lo más penosa, salvo uno que otro chispazo por ahí. Si alguien me decía regálame ese libro que estás leyendo, lo hubiera hecho sin pensarlo dos veces.

Hasta que ya por la página trescientos treinta y algo… hice click. Una bomba de tiempo empezó su cuenta regresiva. Acción, emociones, sorprendentes descubrimientos, castigos a pervertidos sexuales, reivindicaciones. La historia fue adquiriendo un dinamismo hipnótico. Así, una noche, sabiendo que tendría que levantarme a las 6:00 a. m (para ir a estudiar inglés americano el idioma que habla el mundo), me quedé leyendo la novela hasta las 2 y pico. No podía parar de pasar las páginas para saber qué demonios iba a pasar: sin duda, la última parte de la historia es fascinante.
A pesar del epílogo (demasiado extenso para mi gusto) cerré el libro con una gran sonrisa de satisfacción. Había valido la pena atravesar el pantano de las primeras… ¡300 páginas! No he podido dejar de preguntarme entonces: ¿qué hubiera pasado si la novela no hubiese estado precedida de tan buena crítica? ¿La hubiera terminado? Lo más probable es que no le hubiese dado durante tantos días el beneficio de la duda.
Para mí la conclusión es clara: Los hombres… debió haber tenido menos páginas. Debió haber sido una novela corta. ¿Recomiendo su lectura? Sí, pues se trata, sin duda, de una historia inolvidable que aborda problemáticas de actualidad, como la violencia contra las mujeres, el papel de la informática en la lucha contra el crimen, la delincuencia corporativa, la misión del verdadero periodismo, la responsabilidad de los especuladores bursátiles en las crisis económicas, etc. Pero ya están advertidos: tendrán que invocar constantemente a don Álex Valle.
Para mi desdicha, cuando iba por la página 40, tuve que admitir que Vargas Llosa me había fallado again. Me había pasado lo mismo con sus superelogiadas La condición humana (Malraux), la cual nunca he podido terminar; y con Santuario (Faulkner), que acabé de puro masoquista nomás. Encontraba todo menos emoción en Los hombres… Esa infinidad de nombres suecos, la maraña interminable de historias de la familia Vanger, las interminables explicaciones técnicas de lo que es un fraude bursátil, ahogaban la línea principal de interés: el esclarecimiento de la misteriosa desaparición de la joven Harriet Vanger, hacía cuarenta años. Qué pena que los personajes de Mikael Blomkvist (el honesto periodista convertido en detective) y de Lisbeth Salander (la antisocial y atractiva hacker) no fueran explotados en todas sus posibilidades… De modo que la lectura se hizo de lo más penosa, salvo uno que otro chispazo por ahí. Si alguien me decía regálame ese libro que estás leyendo, lo hubiera hecho sin pensarlo dos veces.

Hasta que ya por la página trescientos treinta y algo… hice click. Una bomba de tiempo empezó su cuenta regresiva. Acción, emociones, sorprendentes descubrimientos, castigos a pervertidos sexuales, reivindicaciones. La historia fue adquiriendo un dinamismo hipnótico. Así, una noche, sabiendo que tendría que levantarme a las 6:00 a. m (para ir a estudiar inglés americano el idioma que habla el mundo), me quedé leyendo la novela hasta las 2 y pico. No podía parar de pasar las páginas para saber qué demonios iba a pasar: sin duda, la última parte de la historia es fascinante.
A pesar del epílogo (demasiado extenso para mi gusto) cerré el libro con una gran sonrisa de satisfacción. Había valido la pena atravesar el pantano de las primeras… ¡300 páginas! No he podido dejar de preguntarme entonces: ¿qué hubiera pasado si la novela no hubiese estado precedida de tan buena crítica? ¿La hubiera terminado? Lo más probable es que no le hubiese dado durante tantos días el beneficio de la duda.
Para mí la conclusión es clara: Los hombres… debió haber tenido menos páginas. Debió haber sido una novela corta. ¿Recomiendo su lectura? Sí, pues se trata, sin duda, de una historia inolvidable que aborda problemáticas de actualidad, como la violencia contra las mujeres, el papel de la informática en la lucha contra el crimen, la delincuencia corporativa, la misión del verdadero periodismo, la responsabilidad de los especuladores bursátiles en las crisis económicas, etc. Pero ya están advertidos: tendrán que invocar constantemente a don Álex Valle.
2 Comentarios:
Me llama la atención que tanta gente, sobre todo quienes no están acostumbrados a lecturas tan largas hayan podido vadear esas pantanosas aguas de las 300 primeras páginas. Imagino que en el fondo sí hay algo que les hizo continuar firmes en la lectura, pero ¿esto se debe a mérito del escritor o al enorme aparato publicitario que lo antecedió? Igual quisiera leerla. Saludos.
Me llama la atención que tanta gente, sobre todo quienes no están acostumbrados a lecturas tan largas hayan podido vadear esas pantanosas aguas de las 300 primeras páginas. Imagino que en el fondo sí hay algo que les hizo continuar firmes en la lectura, pero ¿esto se debe a mérito del escritor o al enorme aparato publicitario que lo antecedió? Igual quisiera leerla. Saludos.
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