lunes 1 de noviembre de 2010

AMOR VIRTUAL

Es una historia que comienza hace mucho tiempo en el prehistórico Latinchat. Yo todavía vivía en el Callao. Mi hermano había implementado la primera computadora decente de nuestra casa (hasta entonces, usábamos una 486, monitor blanco y negro, que había comprado por 400 soles, creo) y además le había puesto Internet. Así que gracias al laberíntico Latinchat, tras decenas de conversaciones abortadas, agregué a una chica que decía ser española, de Valencia. Eran tiempos más inocentes aquellos. Estas cosas recién comenzaban. El asunto es que le creí y me enfrasqué en una conversación que se prolongó por tres cortísimas horas. Me contó que vivía cerca del mar, en una ciudad llamada Cullera, que tenía 18 años, que le gustaban los gatos, que no sabía exactamente qué hacer con su vida, tal vez estudiaría Veterinaria. Yo le conté que era escritor (pensando cándidamente que esto me hacía atractivo), que también vivía cerca del mar, que también me gustaban los gatos (de hecho, tenía cinco), que no tenía enamorada y que actualmente trabajaba en una editorial como corrector de ortografía. Las cosas iban tan bien que empecé a dudar de tanta belleza, pues, para empezar, yo no sabía exactamente si estaba hablando con un hombre o una mujer. Y si era una mujer, no sabía si era una atractiva mujer madura o una honorable y ardorosa nonagenaria. De modo que le propuse a esta ¿jovencita? que me diera su dirección de Messenger para poder vernos por cámara. Dijo que no tenía. Hmmm. Fui tajante: si no me prometía que la vería por cámara, en ese mismo momento me desconectaba. Me pidió que no fuera tan agresivo, ¿estaba molesto por algo? Me pidió mi dirección Hotmail y cuando se la di me sorprendió al decirme que ya se tenía que desconectar, pero que mañana se creaba una cuenta y me agregaba. Me dije, golpeando el escritorio: ya la fregué, no quiere saber más de mí. Adiós a mi oportunidad de irme a España a cumplir mis sueños de escritor. Sí, insospechados impulsos bricheros me dominaban.

Pero el milagro ocurrió. Dos días después me llegó su invitación al Msn y así pude verla por cámara. ¡Joder! Era ella. Y era guapísima, con una carita de inocencia y dulzura y unos ojos y una sonrisa que desarmaban a cualquiera… ¿No sería una grabación lo que estaba viendo en la esquina izquierda del recuadro del chat, es decir, una broma de algún palomilla de window? A ver, le pedí, mueve la mano, dime hola… A ver, mándame un beso volado… A ver, ahora ponte de pie y camina ida y vuelta… A ver tócate los… ojos. Sí, ¡era ella! Empezó así una más de mis extrañas relaciones sentimentales, ahora en su variante “virtual”. Cuando se lo comenté a mis amigos, casi todos estuvieron de acuerdo en que debía de hacer algo para casarme con ella. Así, de frente nomás. Casarme. Nada de romanticismos. Como en la Edad Media, por conveniencia, ya en el camino tenía que surgir el amor. Y no sólo me lo decían ellos, sino también la involucrada. Sí, ya que no tuvo que pasar mucho tiempo para que me preguntara si yo estaba dispuesto a tener algo serio con ella. Hmmmm. No, algo tiene que estar mal. Se está confundiendo. Es que no me ha visto por cámara. Una autoestima envidiable la mía, ¿no creen? Sin embargo, cuando me vio por la cámara y me dijo que era muy wapo (así, con ve doble), y que le gustaba el color tan curioso de mi piel, y que mis labios la volvían loca… Creo que me empezó a dar fiebre. Le pedí su teléfono. La iba a llamar. Esa sería la prueba culminante. Así que al día siguiente fui a una cabina telefónica. Llamada a Valencia, por favor. Me encerré en uno de esos cuartitos como baños y marqué los mil números del móvil. Timbraba. Nada. Seguía timbrando. Ahorita seguro me contesta una voz ronca: hola, peruano gilipollas. Pero no. Más bien una voz dulce con un dejo que inmediatamente me remitió a un programa erótico de mi adolescencia cuyo nombre guardaré celosamente. A pesar de las interferencias en la comunicación, hablamos varios minutos. Recién pude dar rienda suelta a mi felicidad. La wapa chica valenciana existía.

Bueno pues, ¿cómo haría para encontrarme con ella? Las cosas eran claras: o yo iba o ella venía. No, no podía venir. Número uno, le daban pánico los aviones. Número dos, sus padres no le darían permiso. Número tres, se moriría de la pena si dejaba a su familia. OK. Yo voy entonces. Pero… Número uno: no es nada fácil conseguir una visa (argumentar enamoramiento no ayuda nada). Número dos: me tomaría por lo menos un año conseguir el dinero para el boleto de avión y la bolsa de viaje. Número tres: también me daba pena dejar a mi familia. En esas disquisiciones consumía mi tiempo chateando con ella, que, por cierto, cada vez me caía mejor.

Hasta que un día dijo esa frase que instantáneamente me vuelve un manojo de nervios: Hay algo que no te he conta'o. Oh no…

Continuará