Ayer mientras recorría las catacumbas del Convento de San Francisco, pensé en Ernesto Sábato. Mejor dicho, en la novela del escritor argentino que más me gusta: Sobre héroes y tumbas. El ambiente subterráneo en el que estaba metido, acompañado por una decena de personas, me hizo recordar el vertiginoso viaje por el subsuelo de Buenos Aires emprendido por el más excéntrico personaje de dicha novela: Fernando Vidal Olmos. Sin que mi mamá se percatara (ella escuchaba atentamente las explicaciones de la guía), cerré los ojos por unos segundos y borré a todos los que me rodeaban. Me imaginé solo en esos oscuros corredores donde estaban los huesos de centenares de muertos coloniales. Angustiado por la inmensidad de mi abandono, me vi corriendo desesperado en búsqueda de una salida, tropezándome con otras sombras exasperadas. Era inevitable que chocáramos y si algunos caían tras el impacto, rápidamente se ponían de pie y seguían su maniática carrera. Todos buscábamos una salida, corriendo en silencio, sintiendo muy cerca las mandíbulas de nuestros más persistentes e inconfesables miedos. Rogando para que las luces de los muros no se apagaran, porque sin ellas se desvanecería toda posibilidad de escape. Me pareció ver a Fernando Vidal. Me pareció ver también a Alejandra. Los vi a todos ustedes. Y no quise ver más por temor a quedar prisionero de tan aterradora fantasía. Fueron solo unos segundos. Cuando sentí el silencio de la guía, abrí los ojos. “¿Alguna pregunta?”, dijo ella y me pareció que me hablaba a mí. No hubo preguntas. En realidad, sí tenía una pero preferí tomar del brazo a mi mamá y seguir avanzando. Bastaba caminar un poco para llegar a la escalera de ascenso.
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