martes, 2 de agosto de 2011

DECLARACIÓN POR E-MAIL

*
Si lo pensamos con cuidado, todo lector es una especie de voyeur. Digamos, un chismoso. Claro, una cosa es fisgonear en un libro y otra, en la vida privada de las personas. Los escritores tal vez tengamos un poco más desarrollada esta tendencia. Detectives no siempre salvajes.

**
Un correo de remitente desconocido llegó hace poco a mi bandeja de entrada. Más que la sorpresiva aparición, me magnetizaron ciertas coincidencias, ciertas palabras, una nostalgia consabida. Parco y confundido, el remitente demandaba solamente la publicación de su mensaje. Acepté, si se me permitía añadir algunas conjeturas. Estuvo de acuerdo.

***
Todo ocurrió cuando ella estaba por partir. Después de despedirse, a pocos minutos de haberse encerrado en su habitación, él encendió la computadora y, mientras esta cargaba, terminó de componer mentalmente su desesperado mensaje. Lo escribió de un tirón. Y sí, se sintió aliviado, como si le hubiera hablado cara a cara. Se sentía mareado, incapaz de reconocer dónde estaba y qué hora era. ¿Qué efecto esperaba obtener? ¿Que ella se bajara del avión? ¿Que renunciara a su trabajo y regresara en pocas horas? ¿Que le dijera que era el amor de su vida? No se sabrá exactamente. Aunque, si leemos bien, nos daremos cuenta de que, en el fondo, él quería simplemente una respuesta. Acaso su máxima aspiración haya sido simplemente sembrar la flor de la duda. En todo caso, pasaron los días y no recibió respuesta. Dos o tres amigos que se enteraron de esto lo repudiaron, le rebajaron la edad.

Así hasta que pasó el tiempo y ella volvió. Para entonces, él ya no quería verla, pues le daba vergüenza su cobardía. Sí, había considerado esa declaración una completa cobardía. Sin embargo, una noche de octubre, mientras veía televisión, le llegó el mensaje al celular. El pedido que deseaba que nunca llegase. Pensó en ser consecuente con su cobardía y no ir. Pero la curiosidad, siempre la curiosidad…

De lo que se habló en ese reencuentro es mejor no dar detalles. Valga decir simplemente que, en menos de un año, por fin comprendió. Hoy en día, ya no se ven.

****
Sin duda, la vida es curiosa. Además, hace con uno lo que quiere. Acabo de despedirme de ti y una especie de líquido amargo ha empezado a recorrerme las venas. Es una sensación conocida. Entre los numerosos defectos que tengo, uno de ellos es el de enamorarme de quien no debo (ya te debes estar imaginando qué es lo que viene a continuación). Por eso, estos últimos años anduve con cautela. Siempre intentando no confundir el amor con la amistad. Pero no es fácil. De ahí que un día, sin darme cuenta, haya empezado a sentir algo diferente por ti. Tal vez el día que viniste a mi casa, tal vez la noche en que fuimos al concierto, tal vez una de esas tardes en que veíamos televisión, tal vez la misma noche que me dijiste que ibas a viajar. Y decía que la vida es curiosa, precisamente porque esa noche en que me diste la buena noticia, yo llegaba para comentarte todo esto. No me quedó otra que aceptar que solo me quedaba guardar silencio. Desde entonces, además, fue fácil darme cuenta que tú no me veías a mí con los mismos ojos. Yo soy el buen amigo. Yo soy tu pata.

Tal vez una de las cosas buenas que me da el estar cerca de cumplir los treinta años es el poder aprender a aceptar las cosas tal y como son. No pedir lo que no se puede pedir. Me acordaba mucho de la historia de un amigo tuyo que alguna vez me contaste; uno que un día te sorprendió con una confesión parecida, uno que también se había enamorado; pero que cuando le diste la negativa se desapareció del mapa, cosa que no te agradó. Recuerdo que lo defendí, intuía que tal vez podía pasarme algo igual y que yo podría reaccionar de la misma manera. Pero no lo haré, porque no sería una reacción de persona madura. Amigos nunca dejaremos de ser, eso dalo por seguro.

Sigamos escribiéndonos, conversando por el chat. El único motivo, finalmente, de este correo es que supieras que en algún momento me enamoré de ti (por motivos que si los declarara acrecentarían mi nostalgia de saberte ya lejos). Sólo que lo supieras. Sé que no hay oportunidad. Esta última conversación me lo dejó claro. Uno sabe cuando no hay espacio en un corazón (ese día que te vi desde el bus caminando con tu ex, sin saber que era tu ex, sentí tristeza por no haber despertado alguna vez en ti lo que tú en mí). Sé cuándo dejar de insistir. Esto era algo que tenía que hacerte saber. Tómalo quizás como una anécdota y quédate tranquila, pues nunca te pediría nada que no quisieras hacer.

Finalmente, gracias por estos fines de semana tan bonitos. Gracias porque ya pensaba yo que mi corazón se estaba endureciendo demasiado.

Como te dije, nunca olvides que te quiero mucho.

Sigue escribiéndome y cuéntame qué tal tu nueva vida por allá.

No sé cuándo leas este correo. Sé que el último estuvo varios días sin abrir en la bandeja. Sólo me gustaría saber que lo has leído.

Aquí, desde mi cuarto, se ve clarito cómo se alejan los aviones.